jueves, 12 de febrero de 2015

Después de la guerra (Ulysses Deriding Polyphemus, J. M. W. Turner)


Las pinturas de Turner no solo demuestran su manipulación estética del espectro de cada imagen superpuesta, cada cuerpo colgado en el cuadro tiene su propia vida, es decir, su propia metáfora, no para de reproducir momentos y en cada uno el cuadro se transforma haciéndose más profundo como la cuerda que se pierde en la oscuridad de un pozo. Cada elemento constitutivo del barco, la proa, velas y anclas a las que sede espacio la imaginación, fueron, para ser pintadas. Decía Borges en una tertulia con Elizondo y Arreola, que la poesía ya es, el poeta lo único que hace es escribirla. Pintura, escultura, música y literatura son esfuerzos que intentan alcanzarnos aquel ente que percibimos, muy endeble en realidad, mediante la experiencia estética. Pero Turner se muestra despreocupado con esa clamorosa escalera de Jacob; él igual que los prerrafaelitas manifestaron su furor intelectual con un positivismo artístico que intentaba repetir la cinética de los maestros del alto renacimiento italiano, la misma sensatez de Pisanello y Andrea del Castagno parece que sólo hubieran sido para presentar el prototipo que sería legado a nosotros, los modernos, para que con las bendiciones del barroco, los pliegues (tan caros a la filosofía de Leibniz), hicieran levantar con vida cada cuadro, cada escena de Rossetti, Collinson, Collier y Everett.

Cuando Friedrich Hayek dice que el raciocinio no es tanto que podamos darnos cuenta del mundo sino la capacidad de controlar nuestros impulsos, es una invectiva al comportamiento actual de la especie a que se refiere, convirtiendo en dudosa la fosforescencia que campeaba en el reino animal. Esta incierta apoteosis del hombre ya se ha disuelto, desapareció como un vapor no bien formado, nosotros mejor dicho somos como una hoja que se mece en medio de la tormenta del capitalismo del siglo XXI. Todas nuestras acciones bajo el dominio de lo cósico buscan liberar la descarga de hiperactividad que nunca acaba, es una bandada de flechas de Apolo desde las lotananzas de un monte olímpico. Incluso el reducto de los dioses ya no se alude como en el pasado, en la primera edad de oro; para resumir con una historia prolífica la empresa de un descendiente de Aquiles, el de los pies ligeros. Para educar a sus hijos, los griegos dejaban a las manos de la curiosidad la lectura del poema homérico, las resultantes eran hombres como Alejandro de Macedonia, pericleces, y longevos motivo de perfidia por sus engendros como Sófocles.

Dedico Carmenes XVI de Catulo, a todo el rebaño cuyo pastor es ese canturreo apaciguador, y a toda persona despreocupada por el fundamento y también a los que buscan con somera crítica cambios políticos sin conocer en el ápice como es necesario, a la naturaleza humana. 

Repitámoslo, somos una incierta apoteosis, la vida nunca es dura, es mansa, llegamos del trabajo y no necesitamos expresar nuestras ideas para ver el televisor, tampoco para reproducir decenas de veces videos de nuestra misma estirpe, resultado de la estupidez más común (la de tener hijos). Somos un mono inquieto dentro de un elefante mal dibujado. Son cientos, casi millones los sambenitos, las anatemas, las mojigaterías de los que hablan por mera convención y condenan al presente la mal conocida rebeldía de Rimbaud, la abominación de Baudelaire y otros adalid del espíritu de Francia. La mosca que intentaba despertar el caballo de Atenas, loada por ese simposio político y moralista, escatima la suerte de maestría que heredamos de ella.

Turner igual que la inmensa minoría de quienes animaron la historia, nos dicen ahora en este vano siglo la ignorancia de nuestro carácter.



Fernando Emiliano Barajas Díaz

Mexicali, a 12 de febrero del 2015


Hannibal and his army crossing the Alps

Rain, steam and speed





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